3. Emboscada

ISBN: 978-84-9008-104-4

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cabecera-catarsisEl canto de los pájaros en el exterior me hizo despertar, aparentemente unos minutos después de haberme quedado dormida. Sentía los párpados como dos losas, tan pesados que al final desistí de intentar abrirlos. Y mi cuerpo, casi inerte, estaba siendo recorrido por un cosquilleo que invitaba a seguir durmiendo. Sentía la boca seca y empalagosa. Había soñado con oscuridad, mucha oscuridad, todo a mi alrededor. Sin escapatoria, sin respiración, buscando una salida desesperada y allá donde iba, encontraba más y más oscuridad… hasta que finalmente, de la oscuridad surgieron ojos rojos, escrutándome, y acercándose a mí. Cada vez los veía más grandes, más cerca, y yo inmóvil, intuía un brillo blanquecino ciñéndose en torno a mi cuello. Entonces desperté.

Lentamente comencé a abrir los ojos. La luz del mediodía asomaba con cautela entre las cortinas y la masa ingente de nubes que tapaban su cobijador brillo. Era un día, como todos los demás, nublado, lluvioso, gris. Triste.

Entonces, como un caldero de agua fría, los recuerdos llegaron a mi memoria. Una noche solitaria en el parque, esperando a un hombre que no se presentó.

Me incorporé con lentitud y un dolor martilleó en mi cabeza. Me llevé la mano derecha a ella. Estaba confusa. Yo sabía que no habría faltado por algo trivial, y tenía la esperanza de que no le hubiese pasado nada malo. La tristeza me embargó de nuevo. Si le había pasado algo malo…

No. Lo más probable era que sólo hubiese sido un descuido, un retraso, algo así. Había pasado miedo la noche anterior, pero todo esto terminaría esta noche, cuando todo volviese a la normalidad. Estaba exagerando sobre los hechos.

Entonces se me ocurrió una idea.

Con rapidez me vestí con lo primero que encontré y salí de casa a toda velocidad. Me iba a asegurar de que era imposible que a Emerik le hubiese pasado algo, y el único lugar donde podía encontrar esa información era la biblioteca.

La encargada de la biblioteca, llamada Margaret, era una mujer rellenita y bajita, con una melena rizosa que le llegaba hasta los hombros de color castaño claro, brillante, y su rostro era como la imagen de un ángel en una estatua griega. Sus mejillas regordetas casi siempre estaban ruborizadas y su pequeña naricilla respingona recordaba a la de los duendes. Tenía unos ojos preciosos, de color azul claro, brillantes y alegres. Era la persona más amable y buena que tuve la oportunidad de conocer. La conocía desde hacía años, y me tenía mucho cariño, además de que la biblioteca era un lugar que yo frecuentaba a menudo, con lo que podíamos compartir sueños e ideas respecto al tema de los libros.

Al entrar por la puerta, Margaret me miró con ternura y sus labios finitos se curvaron en una hermosa sonrisa de bienvenida.

— Hola, Achlys, querida, ¿qué tal ha ido el día?

— Muy bien, gracias, Margaret—inspiré el olor a libros antiguos, un aroma delicioso para mí—añoraba este lugar. ¿Puedo?

— Claro, bonita, ve y ojea lo que quieras—sonrió.

Aunque me encantaba conversar con ella hasta que el día llegaba a su fin, ese día no tenía demasiadas ganas de charlar. Necesitaba informarme urgentemente, lo que Emerik me contaba sobre su especie no era todo, desde luego, y tampoco suficiente. Por sí mismo no querría contarme nada, era como si su ego de vampiro no le dejase hablar más de la cuenta, o tal vez no quería asustarme. Fuese como fuese, yo sabía que no iba a soltar prenda, y yo necesitaba saber si él podía correr peligro de algún modo, para así poder protegerlo durante el día.

La biblioteca era una construcción románica que constaba de tres naves separadas por columnas enormes, junto a las cuales se extendían dobles filas de estanterías que contenían centenares de libros ordenados alfabéticamente. Moviéndome con rapidez por el suelo rosáceo de mármol, me acerqué a la estantería del fondo a la derecha, donde estaba situada la V. Junto a una ventana vidriosa había apilado un pequeño montón de libros, custodiados por una enorme cadena como símbolo de prohibición. Esos libros eran los dedicados a los inmortales.

Años atrás, los grandes expertos en letras de toda Europa se reunieron para llegar a un acuerdo, tras el inminente ataque inmortal, que les había pillado desprevenidos. Entre el miedo y las prisas, tomaron una decisión precipitada sobre qué hacer con los libros procedentes de Rumania, donde tuvieron la primera constancia de las criaturas, que hablaban de las bestias y, puesto que algunos de los autores afirmaban ser vampiros, por miedo a invocar las almas de los antiguos inmortales y tentar a la suerte, decidieron quemar todos los ejemplares sobre el tema. Algunos de los expertos no estuvieron de acuerdo con esta incineración masiva y escondieron por su parte los ejemplares que pudieron, pensando que los humanos podríamos encontrar la salvación en ellos. Pero rápidamente quedó evidente que matarlos era algo imposible, la esperanza de los humanos decayó hasta convertirse en sumisión y los libros quedaron olvidados en la sección prohibida de la biblioteca.

Ahora, yo esperaba encontrar la información que otros no llegaron a tener años atrás, y esperaba que mis pocos conocimientos acerca de los vampiros me ayudasen en la búsqueda. Con cautela observé los títulos de los libros forajidos, a penas eran unos diez. La mayoría de ellos eran autobiografías de quienes afirmaban ser vampiros, y otros pocos parecían hablar del terror de los humanos ante unos seres que, cuando se escribió esa novela, seguramente, no existían. Finalmente parecí encontrar uno acorde a mi búsqueda. “Fin del reinado de las tinieblas.”

Antes de cogerlo, observé ávidamente a los lados, extraer uno de esos libros estaba prohibido para los civiles normales, únicamente los Cazavampiros podían ojearlos. Y no lo hacían. Eran hombres de músculo…no de cerebro. Busqué en las estanterías cercanas un libro con la encuadernación suficientemente grande como para ocultar aquél ejemplar prohibido de las miradas curiosas, pero que no llamase demasiado la atención. “Verdadera Amistad” parecía un título perfecto. Lo sustraje con cuidado y me senté en el suelo, colocándolo en mi regazo. ¿Quién iba a sospechar de un libro inocente? Con disimulo sustraje el libro vampiresco del montón encadenado y lo oculté rápidamente sobre el otro libro.

Al observar su cubierta me di cuenta de que este libro había vivido mucho tiempo, su encuadernación desgastada de cuero viejo y borroso hablaba de todas las manos por las que había pasado, y las esquinas de las páginas que parecían comidas por los ratones, en realidad demostraban que ese libro se había salvado de más de una hoguera. El nombre del autor, escrito a mano al pie de la cubierta, recordaba a los nombres procedentes del este de Europa. Probablemente había viajado hasta aquí desde la misma Rumania, donde sucedió la primera aparición de los Vampiros. Aunque esa información llegó a Inglaterra demasiado tarde.

Hojeé el libro durante varias horas, leyendo y releyendo, interpretando las palabras con todos los sentidos que se me ocurría darles, para descubrir, quizá, un mensaje oculto y secreto que alguien no hubiese descifrado antes que yo, pero no conseguí ningún resultado. En su mayoría, los párrafos hablaban del pavor de los humanos, de un tiempo oscuro en el que el sol no llegaba a lucir, de unos seres horrendos de largos dientes que asesinaban y destripaban a los humanos como si fuesen animales, absorbiendo la sangre desde el interior mismo de sus órganos aún vivos. También describía las virtudes de los vampiros, su fuerza, su destreza, su agudeza sensorial… aunque, por alguna razón desconocida, el autor no se atrevió a escribir la palabra vampiro durante todo el libro. Era como si el hecho de escribirlo significase para él invocarlo o algo así.

De repente, algo me hizo dejar de pasar hojas de golpe. Un retrato. Un dibujo de un joven y apuesto vampiro, mirándome directamente con sus ojos verde esmeralda, reluciendo un toque de rubí. Un hermoso vampiro que de tan pálido parecía translúcido, con su pelo castaño, medio ondulado, cayendo suavemente sobre su musculosa espalda, sujeto con una cinta azul cian a modo de coleta…

…Exactamente igual a Emerik. Mis ojos se abrieron de par en par y mi nariz casi tocó la hoja del libro en la que alguien retrató a mi vampiro. Sus ojos eran únicos para mí, inconfundibles. Su mirada. Pero yo no lo comprendía… ¿Alguien había retratado a Emerik, tiempo atrás? ¿Siglos atrás? ¿Él había estado en Rumania, vendría de allí? ¿Por qué el autor lo elegiría a él?

Y la sangre se me heló en el pecho. Mi vista recorrió una y otra vez el pie de foto, y aún incrédula, necesitó de mi voz pronunciando las palabras para entenderlo.

Owen Wither, el sanguinario.

Casi no pude concebir el significado de las palabras. Sanguinario. Emerik. Mi Emerik. ¿Cómo era posible? Entonces lo releí, y me di cuenta de que el nombre que figuraba en el pie de foto no era Emerik, sino Owen Wither. Pero… ese hombre retratado era Emerik, tenía que serlo.

Entonces algo más llamó mi atención y centré toda mi mente en esa palabra clave: Cazador.

Y de la nada surgió un Cazador, un caballero de gran vigor e inconfundible valor, se abrió paso a través de la ciudad solo, a pie, sin prisa. Armado con su inteligencia y desafiante astucia, retó a los chupa-sangres a un duelo. Los inmortales son seres de gran honor ante todo, y aceptaron la oferta del caballero sin dudarlo. La gente atemorizada se reunió a media noche junto al Árbol Desnudo, en la colina desde donde la Luna se ve más grande, y aguardaron, tras el valeroso caballero, la llegada de los inmortales. Ellos llegaron tranquilos y malvados, sus ojos rojos brillaban con los rayos de la luna y el aire se volvió gélido y sin vida a su alrededor. El valeroso caballero elevó su cara a los cielos y rezó una última oración, pero no para sí, sino para las malvadas criaturas que aguardaban pacientes el comienzo del duelo. Las criaturas rieron sin tabú. Con la mirada clara, el valeroso caballero desenvainó su espada, más reluciente que el acero, brillando a la luz de la luna con exquisitez extrema, y cuando las criaturas lo atacaron, les despachó rematándolas con un pedazo de madera astillado. Una a una, las criaturas cayeron a sus pies en cenizas muertas, hasta que, los pocos asesinos que quedaban, huyeron al exterior, y así desaparecieron de la ciudad. El valeroso caballero, una vez su cometido hubo terminado, se tendió a descansar y ya, el héroe, jamás levantó.”

Tras terminar, cavilé un momento. ¿Es que realmente había formas de asesinar a los vampiros? ¿O sólo era un cuento escrito por un aldeano moribundo y asustado? Mi corazón se aceleraba. Si era cierto… si realmente un humano podía matar a un vampiro… No. Este libro no debía llegar a manos extrañas. Nadie debía saber que no eran indestructibles. Debía velar porque ese secreto siguiese siéndolo. La vida de Emerik dependía de ello. Lo que menos necesitaba ahora es que algún humano decidiese hacerse el valiente y crease una revolución. Aunque fuese poco probable que sobreviviese. Examiné apresuradamente las demás hojas del libro, pero se restringían a lo mismo, el miedo, el terror de la época pasada y la alegría del nuevo momento. Bien. Eso no me interesaba.

Entonces, de entre las hojas cayeron tres pedazos de papel muy antiguo y mohoso, desgastado. Las recogí del suelo con extremo cuidado. Leí por encima y… parecían ser del “valeroso caballero”, escritas de su puño y letra, antes de su muerte, como una preparación antes de la batalla…

Oí pasos y las oculté tras el libro. A mi lado caminó un hombre, sin siquiera mirarme, que pasó de largo.

Exhalé un suspiro de alivio y dejé con rapidez los libros en su lugar correspondiente, aún pensando en los métodos del “valeroso caballero”. No podía ser verdad. Una espada, y aún menos la madera, jamás podrían ser capaces de atravesar la piel de un inmortal, dura como el mismo diamante. Era ilógico, como un cuento de hadas donde las espadas se transforman en flores y contienen más poder y fuerza que el metal. Tonterías.

— ¿Te ha gustado?

La voz de Margaret a mi espalda me hizo pegar un salto del susto. Con el corazón latiéndome a mil me volví hacia ella, esperando que no se hubiese percatado de mi pequeño pecado. Su sonrisa inocente me indicó que así era.

— Sí, es un libro fantástico—le dediqué una sonrisa inocentona—creo que por hoy ya he cumplido… es hora de regresar a casa. Volveré a visitarte pronto, Margaret, ¿de acuerdo?

— Claro bonita, vuelve cuando quieras—me animó.

Salí de la biblioteca algo contrariada, aunque relativamente en calma. Mis dudas habían sido satisfechas… al menos en parte. Quizá no fuese más que un libro escrito por un hombre desesperado que inventó una forma de matar vampiros… pero sabiendo que algo tan inofensivo como el sol es capaz de dañarlos, no lo tenía tan claro. De todas formas, había arrancado la página del libro y el retrato de Owen Wither, además de que aún tenía las hojas escritas a mano del “valeroso caballero”. Las examinaría a fondo en casa, y una vez desmentidas las quemaría para que nadie nunca las pudiese encontrar. Las estrujé fuertemente en mi mano y las guardé bajo mi capa.

Había pasado demasiado tiempo en la biblioteca, y caí en la cuenta de que casi era la hora del ocaso al salir al exterior, donde a penas un par de personas corrían apresuradas hacia sus casas con las últimas campanadas de la iglesia. Con paciencia aguardé tras una esquina hasta que todas las luces de los comercios se hubieron apagado y los carruajes dejaron de pasar. Entonces la ciudad, bañada aún con un débil rayo de sol, quedó completamente en silencio.

Inspirando hondo, me dirigí hacia el parque como cada noche, a la espera de mi amado y su excusa de ayer. Ni siquiera me importó que hubiese comenzado a caer una suave llovizna sobre las calles grises y desiertas de Londres.

Avancé lentamente entre los siniestros árboles negros, donde los vampiros ya estaban expectantes. No me importó en absoluto. Sólo deseaba ver a mi vampiro.

Sin embargo, a pesar de mis esperanzas y la nueva información, relativamente incierta, Emerik seguía ausente ante nuestro banco. Mis ojos, nublados por la lluvia, no podían dar crédito a lo acontecido. ¿Qué era lo que estaba pasando? Quizá yo había llegado demasiado pronto…

No me importó. Nunca perdí la esperanza. Esperé y esperé, noches y noches, cada una de ellas más decepcionante que la anterior. Durante una semana me mantuve altiva, expectante. Sabía que volvería.

Pero la siguiente semana, siete lluviosas noches primaverales, ya no lo tenía tan claro. Mi mente decaía en la evidencia, y aunque intentaba convencerme de que era imposible que hubiese tenido un accidente mortal, su ausencia sólo alimentaba la obviedad. Él nunca llegaba.

Al fin, y sin entender qué había ocurrido, comprendí que no volvería más. Era inútil seguir esperando.

Me levanté del solitario banco, en el que solíamos sentarnos juntos, y con los músculos entumecidos y mojados por la suave lluvia que caía sobre el parque, caminé de nuevo hacia casa, sabiendo que sería la última vez que vería el parque, observada de nuevo por los intrigados ojos que se escondían en los árboles, una vez más.

Mi mente intentaba evitar pensar demasiado en esa situación tan peligrosa, los vampiros debían creer que todo seguía siendo igual que cuando Emerik me protegía. Sin embargo, los pensamientos llegaban solos y sin avisar, como los rayos en una tormenta. Eran más fuertes que yo misma. No sabía qué le había ocurrido, y no había modo de saberlo. Lo que antes me pareció mágico y de ensueño se había transformado en una agonía que crecía en mi interior. Todo había terminado del mismo modo inesperado con el que empezó.

Entristecí y comencé a ahogarme en un intento por reprimir las lágrimas. La garganta me escocía, el aire no llegaba a mis pulmones. Y mi corazón reaccionó como es evidente. Sus latidos cada vez más rápidos y salvajes retumbaban en mis oídos como una sirena avisando peligro.

Esperando lo peor, casi corrí. Pero, tras echar un vistazo a mi alrededor a duras penas, pude observar que los vampiros de los árboles ni siquiera se habían movido. No me iban a atacar… ¿Pensarían que Emerik aún me protegía?

Emerik… en cierto modo los envidiaba, ellos de seguro sabrían qué le había pasado. Sin poder evitarlo, una lágrima silenciosa se deslizó por mi rostro.

Entonces vislumbré algo inusual en el camino. Dos siluetas masculinas paradas en mitad, tranquilas. Tras ellas aparecieron otras dos siluetas más. El corazón me dio un vuelco y reduje la marcha casi hasta pararme. Con la mente despejada, los observé cautelosamente. No advertí ningún movimiento, nada. Ni siquiera se apartaban el pelo del rostro, ni movían las manos lo más mínimo… parecía que ni siquiera sus pechos se elevaban al respirar… No se oían murmullos. Un humano no sería capaz de permanecer quieto y en silencio más de dos segundos. No podían ser humanos. Y parecían esperar algo. En el peor de los casos, a mí.

Mi mente cada vez se alteraba más. ¿Qué podía hacer ahora? A cada paso que daba las piernas me temblaban más, se negaban a continuar hacia el peligro. Pero no había otro modo, era el único camino a casa.

Mi avance me permitió descubrir los rasgos de los extraños, todos ellos altos, atléticos, con cabellos brillantes y sedosos que se mecían al viento, perfectos. Uno de ellos, colocado lateralmente hacia mí, tenía una larga melena negra brillante, recogida en una coleta alta, sus ojos rojos estaban entrecerrados, observando el suelo a sus pies. Su perfil parecía dibujado con delicadeza por una mano sutil, su nariz recta goteaba agua hacia el suelo y todo su rostro nacarado estaba salpicado del rocío. Su cuerpo atlético permanecía inmóvil, vestido con un traje negro de gala, muy parecido al de Emerik, que estaba completamente calado y brillaba a la luz de las escasas farolas que iluminaban el sombrío parque.

El vampiro que había frente al moreno poseía una melena enmarañada y cortita de color plata, y a diferencia del anterior, sus ojos rojos rasgados brillaban en mi dirección sin reparos. A pesar de eso, tampoco movió su grácil cuerpo ni un milímetro, también vestido con una túnica de gala, ésta de color marrón. Parecía que entre los vampiros la etiqueta era importante.

Los otros dos vampiros, ambos con el pelo apurado y castaño, aunque uno más rubio que el otro, se hallaban algo alejados de estos dos primeros, un par de metros quizás. Los rasgos finos de sus facciones estaban casi contraídos en una mueca de impaciencia y finalmente cruzaron los brazos.

A penas cuatro metros nos separaban ya. Nunca antes había visto a un vampiro hambriento tan cerca. Y todos me miraban. ¿Qué debía hacer? ¿Correr? ¿Ignorar su presencia? ¿Qué importaba ya? Mi corazón latía con estridente sonoridad y el frío en mi interior se iba incrementando a cada paso que realizaba. De nada serviría mentirme a mí misma. Mejor que nadie sabía lo que podría llegar a pasar, todo porque Emerik no estaba aquí. Sólo había sido cuestión de tiempo que algo así sucediese.

Cuando a penas nos separaban dos metros, alcé la vista nubosa de lluvia a sus ojos brillantes, sintiendo el frío que de ellos emanaba, e intenté que mi mirada fuese lo más indiferente posible. Salté de unos ojos a otros, buscando en alguno de ellos la posibilidad de escapar. Pero los vampiros se limitaron a seguir sin moverse, aunque el moreno alzó una ceja interesante. Como había sospechado, no iban a dejarme marchar sin más.

Al fin, la distancia entre nosotros se limitó en unos cuantos centímetros y, como de casualidad, los vampiros se extendieron a lo ancho del camino, impidiendo mi paso. Mi corazón se contrajo y mis piernas se detuvieron con débiles tambaleos.

— Buenas noches, señorita, ¿puedo preguntaros qué os trae por aquí tan tarde… y tan sola?—preguntó el moreno en un susurro, suprimiendo el silencio que en el parque había.

Mi respiración era cada vez más irregular, podía sentir mi propia sangre helándose en las venas. Lentamente, alcé la vista temerosa hasta los ojos del inmortal. Su rostro denotaba una victoria asegurada, y sus labios se habían curvado en una media sonrisa de superioridad.

No había otra. Intenté calmarme a mí misma sin éxito e inspiré profundamente.

— No creo que eso sea de vuestra incumbencia, señor—dije con firmeza, ocultando la insolencia de la respuesta con un tono amable de la voz.

El silencio se hizo de nuevo en el parque, mientras sus rostros me escrutaban con superioridad, casi sonreían.

— Sois una mujer fuerte, según veo. O quizá es que no estáis bien informada de que hay criaturas peligrosas por ahí sueltas—dejó entrever sus dientes afilados al sonreír con insolencia.

El vello de los brazos se me erizó bajo la capa y el corazón parecía querer estallarme en los oídos, sólo tenía una oportunidad de escapar de allí con vida, y me aferré a ella con todas mis fuerzas.

— Soy perfectamente consciente del riesgo, señor, pero no os preocupéis por mí, estoy protegida.

Entonces, el moreno se acarició la barbilla desnuda con sus largos dedos blancos mientras observaba pensativo el suelo, y los otros tres vampiros adoptaron una sonrisa maliciosa en sus pétreos labios.

— De eso precisamente hemos venido a hablaros, señorita. —dijo el moreno, con un tono de humildad extraño.

Mi corazón sólo latió una vez, con mucha estridencia. Luego pareció haberse detenido.

Me pareció ver que uno de los vampiros más alejados se movió, cuando miré hacia él, el inmortal del pelo plateado mantenía su mano estirada sobre el pecho del vampiro, como si lo estuviese disuadiendo de algo.

El moreno, imperturbable, seguía mirándome con seriedad, esperando mi respuesta a eso.

— ¿A qué os referís?—pregunté casi sin voz.

— Mucho me temo que Emerik no se halla en condiciones de protegeros más, señorita.

Mis ojos se abrieron de par en par observando los suyos, tranquilos y confiados. Esas palabras parecían haber abierto mi corazón como si de cuchillas se tratase, a cada cual más grande y dolorosa que la anterior. ¿Es que él sabía qué le había pasado a Emerik? ¿Es que le había ocurrido algo malo?

— No va a volver. —continuó sin afligirse—No quiere volver a veros.

Mi mente se nubló casi por completo. En el vaho de mi consciencia podía vislumbrar aquellas últimas palabras, voloteando de un lado para otro sin un sentido aparente. Sin embargo, sentía cómo me habían desgarrado la carne sin piedad.

Así que no le había ocurrido nada a Emerik. Simplemente él… no quería… verme. A penas podía comprender lo que eso significaba. A penas podía pensar en ello. A penas podía pensar.

Los vampiros, y ante todo, el moreno, me miraban expectantes, seguramente preguntándose si no estaría enferma.

— No… no digáis tonterías—alcé la voz— ¿qué os hace pensar eso?

La sonrisa de los tres vampiros, a excepción del moreno, se ensanchó notablemente.

— ¿Nunca os habló Emerik de su clan? Nosotros somos sus hermanos—informó.

— Hemos venido hasta vos para daros el mensaje, por petición suya expresamente—añadió el de la melena plateada, con impaciencia—No quiere que volváis a molestarlo, y más que nada no quiere volver a veros jamás.

— Pero…—lo miré casi con lágrimas en los ojos—no comprendo… ¿Por qué iba él a…?

— Él no es un humano como vos, señorita—farfulló uno de los alejados—Los vampiros cambiamos con frecuencia de parecer. Simplemente, se ha cansado de vos.

Inconscientemente bajé el rostro hacia el suelo mientras una lágrima recorría mi rostro, camuflada entre las miles de gotas de agua, procedentes de una lluvia repentinamente fuerte.

— Él me quería…—llegué a decir, desgarrada.

— Oh… claro, desde luego que os quería—dijo el moreno junto a mí, en lo que creí, fue un acto de compasión. Lo miré a la cara, situada muy cerca de la mía, y sus ojos rojos capturaron los míos—Un vampiro nunca puede compartir su eternidad con una mortal—me instruyó con cariño—Sería como si uno de vosotros sintiese devoción por una rata, o algo similar. En la naturaleza ha de haber un equilibrio, ¿no es cierto? Debéis comprender que vuestra relación con Emerik atentaba contra ese equilibrio. Pero al fin ha abierto los ojos. Creedme, es mejor así, niña.

Bajé el rostro de nuevo al suelo.

Me había jurado amor eterno. Me dio razones para creer que no me mentía. Pero ahora… ahora me desechaba como si fuese algo sin valor… como si fuese una rata. Yo… comprendía que no podría ser tan perfecta como él, ni tan hermosa, ni tan virtuosa… y él también lo sabía. Me juró su amor por lo que era. Por lo visto, no era cierto.

— ¿Por qué…—inquirí casi sin voz—por qué no ha venido él a decírmelo?

— Se ha visto…indispuesto—comentó el moreno.

Lo miré de nuevo, casi con odio. Las lágrimas se desparramaron por mis mejillas y apreté las mandíbulas con fuerza. No le creía.

— Os lo he dicho, señorita, no quiere volver a veros—me repitió enfatizando, como si estuviese sorda—sin embargo, nos dio una nota para vos. Por si… os surgían preguntas.

Extrajo de su túnica un papel cuidadosamente doblado y sellado en lacre con una marca que nunca antes había visto. Una especie de calavera con los huesos acentuándose en los pómulos y los colmillos exageradamente largos y puntiagudos.

El vampiro moreno carraspeó sonoramente al verme observar el lacre sin abrirlo.

Lo abrí y lo desdoblé con cuidado. El interior estaba escrito casi por completo.

Estimada Achlys:

Hemos compartido muchas noches juntos, y sin duda admito que eres una dama especial. Sin embargo, hoy he de decirte adiós. Mis razones son evidentes, no puedo seguir jugando a esto. Como vampiro, no voy a resignarme a adorar a un humano, y tú, mi querida amiga, lo eres. No voy a convertirte, jamás he albergado esa posibilidad. Siento haberte seguido el juego durante tanto tiempo, pero debes admitir que no ha sido tiempo perdido. Debo seguir con mi vida, mi clan. Ellos son quienes realmente merecen mi dedicación.

Con mis mejores deseos

Owen Wither Emerik.   

Mi vista, cada vez más nubosa, releyó en silencio las líneas escritas. Era la letra de Emerik. Me decía adiós. Todo era cierto. No quería volver a verme. Me había expulsado de su vida así, de repente, tal y como decían sus hermanos. O sus camaradas, como él solía llamarlos. A la fuerza abrí los ojos. Era imposible que un ser tan perfecto estuviese interesado en algo tan imperfecto como era yo… o mi vida misma.

El moreno se acercó más a mí, comprendiendo que había terminado de leer. Sus ojos, cada vez más brillantes me miraban con inquietud, como si estuviese sacándole todo el jugo a mi pena y se deleitase con ello.

— Supongo que eso sea suficiente prueba para vos —me dijo— ¿Estáis bien?

Tres segundos estuve en silencio. Tres segundos en los que, comprendiendo, recompuse mi serenidad y recobré el control sobre mi cuerpo. No tenía protección ahora y cuatro vampiros ante mí cortaban mi paso. Evadí los pensamientos que me llevaban a Emerik y alcé el rostro.

— Sí, claro—mentí—si me disculpáis, tras esta revelación, he de regresar a casa, ya no tiene sentido que siga aquí. Hacedle llegar a Emerik el mensaje de que no volveré a molestarlo. Es más, no volverá a tener noticias mías jamás.

— Desde luego, estáis en lo cierto—dijo el moreno, interponiéndose en mi camino a propósito—Y la verdad es que no sabéis hasta qué punto estáis en lo cierto—rió para sí. Lo miré sin comprender—Os lo explicaré para que lo entendáis. Emerik no sólo nos encargó que os diésemos el recado. ¿Por qué íbamos a echar a perder una noche cuatro vampiros, únicamente para entregar un mensaje? El caso es… que Emerik mencionó que no quería volver a veros nunca más. Es comprensible que vos lo interpretéis como una ruptura, en fin, sois una humana. Sin embargo, los vampiros tenemos una forma particular de entender un mensaje así. No sé si sabéis a qué me refiero…

Por un momento me quedé clavada en el suelo, sin respiración, sin pulso, helada de miedo. Sabía perfectamente a lo que se refería. Iban a matarme. Y Emerik… ¿Emerik se lo había ordenado?

El vampiro moreno sonrió complacido dejando ver sus dientes blancos al darse cuenta de que yo había comprendido la indirecta. Los otros vampiros lo imitaron, y en cuestión de un instante, su sonrisa dejó de serlo para convertirse en una mueca aterradora en la que los colmillos crecían hasta alcanzar dimensiones que jamás creí posibles. Mi final estaba próximo, y casi podía palparlo.

Mi corazón parecía haberse parado. Aterrada y helada como estaba, viví cada instante que me quedaba como si fuese un infierno. No podía moverme y los vampiros se estaban preparando para atacar. Iba a morir. Si no hacía algo iba a morir. ¿Podía hacer algo?

Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, entumecido por la lluvia, el frío y el miedo, apenas en una milésima de segundo, mi respiración cada vez era más rápida y finalmente, el corazón impulsó sangre nueva y caliente por mis venas. Durante esa milésima de segundo, sentí la adrenalina, ocupando el lugar del miedo, al tiempo que una furia incontrolable crecía en mi interior. Y fue esa furia la que me dio fuerzas para no ceder. Ante la mirada desquiciada de mis futuros asesinos, y aun sabiendo que sería inútil, corrí hacia el interior de los árboles enmarañados del parque, lo más rápido que jamás he corrido, lo más rápido que jamás correría. Mis oídos ensordecidos por el viento llegaron a escuchar un revoloteo en las copas de los árboles a mi alrededor, y sospeché que los ojos que siempre nos habían espiado a Emerik y a mí habían desaparecido del lugar, dejando vía libre a mis cuatro amigos. Pero eso no me detuvo, ni mucho menos. Me dio fuerzas para correr más rápido, sin saber a dónde, sin ver nada a mi alrededor, sin saber casi dónde estaba.

— Correr no os servirá de nada—la voz del vampiro moreno estaba tan lejos de mí que pude adivinar que aún no se habían movido del sitio.

Sólo podía escuchar mi propia respiración y las hojas que triscaban cuando las pisaba. Los árboles se movían fugaces a mi lado, en ocasiones parecían a punto de colisionar contra mí, pero los esquivaba de casualidad. Los latigazos de la lluvia en mi rostro a penas me dejaban abrir los ojos y el frío de mi cuerpo se había transformado en calor por la ira y el esfuerzo. De pronto, una sensación invadió mi espalda y sentí vértigo, como si pudiese notar algo rápido que venía hacia mí. Cambié rápidamente de dirección. Al instante, oí un zumbido en mi oído, pasó a mi lado a toda velocidad y me adelantó. No llegué a ver más que una sombra borrosa, avanzando a una velocidad sobrehumana. Estaba segura de que los vampiros estaban acechándome por los flancos para despistarme.

A toda velocidad como iba, intenté mirar a mis lados, sobresaltada por los zumbidos y ráfagas de aire que impactaban contra mí. Cuando miré al frente de nuevo, vi cómo un árbol se abalanzaba contra mí y tuve el tiempo justo para frenar de golpe, estampando las manos contra el tronco como acto reflejo.

Respiré con fatiga, detenida por completo, y la adrenalina acumulándose en mi cuerpo.

De la nada, una presencia gélida se materializó a mi espalda, el vértigo se hizo más intenso, y sentí el helado aliento de un vampiro en mi oído. El frío de la lluvia no era lo único que había calado de nuevo mis huesos.

— En realidad, Emerik insistió mucho en que os matásemos, niña—susurró—Nosotros, sus hermanos, sabemos la verdad. Sólo os estuvo utilizando, haciéndoos creer que os amaba cuando únicamente quería saber los avances de los Cazavampiros y las ubicaciones del alimento más desprotegido… ya me entendéis. En realidad… nunca le había visto tan feliz como cuando nos ordenó desangraros hasta la muerte. La sonrisa que se dibujó en su cara no tiene precio.

Todo mi mundo cayó sin remedio. Mis ojos pesados se cerraron automáticamente, y vi toda mi vida como una ráfaga de sensaciones y vivencias. Mi vida en el orfanato, mis sueños, mis deseos, los malos momentos, los buenos momentos, mis traspiés, mi insistencia… el día que conocí a Emerik, todas cuantas veces me juró su amor, las que yo misma se lo juré… todo era falso y estaba a punto de terminar.

Sentí el chasquido de los dientes al abrirse, cómo el frío se hacía más intenso en una zona de mi cuello…

Abrí los ojos. Lo último que vería en mi vida serían mis manos estampadas sobre el tronco de un árbol, descompuestas y con las venas palpitando vida aún.

Una puerta en mi mente se abrió y recordé el libro.

Con la mirada clara, el valeroso caballero desenvainó su espada, más reluciente que el acero, brillando a la luz de la luna con exquisitez extrema, y cuando las criaturas lo atacaron, les despachó rematándolas con un pedazo de madera astillado.”

Un pedazo de madera astillado ”…

Mi mente se despejó, la adrenalina fluyó libre por mis venas y, aprovechando mi último aliento, me desgarré las uñas, que, sangrando, arrancaron un pedazo de corteza del árbol, me giré a toda velocidad sobre mí misma y se lo clavé al vampiro lo más profundo que pude, esperando con ello acabar con mi enemigo.

Mis ojos permanecían cerrados. Lo único que ahora oía en el parque era mi respiración agitada y el frío viento que silbaba en mis oídos. La lluvia, como ácido, repiqueteaba sobre mi cuerpo, sobre el suelo, sobre el mundo. Abrí los ojos.

El vampiro frente a mí no se había movido. Sus brazos estirados parecían decididos a agarrarme y sus fauces abiertas estaban esperando con impaciencia. Pero el vampiro no se movía.

Entonces, su caja torácica se contrajo una vez, dos, tres. Incliné el rostro hacia la herida que le había hecho al perforarlo con la madera y la visión me dejó perpleja. Juraría que le había dado en el corazón o cerca. La madera se había quedado completamente clavada en su piel, con mis manos aún sosteniéndola. Alrededor de la misma iba cayendo la piel del vampiro en forma de ceniza, como una hoja de papel que al quemarla se calcina hacia todos los lados, dejando al descubierto primero músculos, más tarde órganos.

Mi respiración se hizo salvaje y descontrolada, mi mirada alternaba de la herida al rostro desquiciado del vampiro inmóvil, no sabía lo que estaba pasando.

El rostro del vampiro estaba descompuesto, sus ojos rojos me miraban asustados, enloquecidos, agonizando.

Volví a mirar la herida, ahora se veía claramente un corazón negro, carbonizado, con la madera atravesándolo, y que caía ceniciento poco a poco. Y en la siguiente milésima de segundo, todo el vampiro cayó en forma de simples cenizas a mis pies.

Tardé varios segundos más en calmarme. Respiré profundamente, buscando la serenidad, e inspiré un frío glaciar que me instó de que aún quedaban tres vampiros más. Miré a mi alrededor, con la cara descompuesta, en su busca.

En torno a mí, unos cien ojos rojos además de mis tres amigos contemplaban atónitos la escena. Sus miradas extrañadas alternaron de las cenizas a mi rostro y se detuvieron en éste.

Me volví lentamente hacia ellos, dispuesta a huir de nuevo, cuando todos ellos dieron un paso hacia atrás, con la mirada cada vez más descompuesta, para luego desaparecer en las sombras.

El silencio volvió a reinar en el parque en soledad. Con las manos llenas de mi propia sangre y un montón de astillas clavadas en mis dedos, me sentí tranquila. No me dolía. No lo sentía. Aún albergaba la furia en el cuerpo, mi respiración seguía agitada, pero mi corazón estaba tranquilo. Finalmente, tiré el pedazo de madera, que aún sujetaba en alto, a las cenizas y reanudé el camino a casa, sin más. A penas podía pensar.

Has sobrevivido” me repetía a mí misma una y otra vez, intentando darle credibilidad. Y al oír mi propia voz en mis pensamientos ni siquiera la reconocí.

Ese libro me había salvado la vida, por increíble que fuese, un pedazo de madera había podido con uno de los inmortales. ¿Por qué madera?

Has sobrevivido”

Llegué a casa automáticamente y me dejé caer sobre la cama.

Entonces, de la nada surgió un dolor intenso en mi garganta, en mi pecho, en mi estomago, en mí. Asustada, me inspeccioné de arriba abajo, pero ellos ni siquiera habían llegado a tocarme. Entonces comprendí que era un dolor que nada tenía que ver con heridas. Era un dolor que jamás había experimentado, un dolor que sólo lo curaría, quizá, el tiempo. Un dolor latente y depresivo. No me dejaba respirar. Me encogí en la cama, apoyada sobre un costado y abrazando mi vientre en un intento por evitar el dolor. Comencé a jadear, no encontraba el aire, estiré el cuello en su busca y la garganta se me desgarró. El dolor se hacía cada vez más poderoso y parecía que no remitiría jamás.

Lo siguiente que recuerdo es que desperté gritando al amanecer.

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Acerca de Hellen Cauldron

Escritora y diseñadora gráfica, me encantan las novelas de fantasía, la música y la pintura
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