2. Teatro

ISBN: 978-84-9008-104-4

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cabecera-catarsisDesperté cuando un pequeño rayo dorado y juguetón se coló por un resquicio de la ventana, sorteando las cortinas y fue a parar sobre mi rostro, dando a conocer que el nuevo día había comenzado. Miré a mi alrededor, confundida. Estaba en mi habitación, antigua y destartalada, que contaba con un mobiliario bastante limitado, una cama cubierta con sábanas viejas y descoloridas, el armario, situado en la pared opuesta, robusto y de madera vieja, y como tantas otras noches, Emerik me había traído hasta aquí. Al pensar en ese hombre perfecto el ansia se apoderó de mí, deseaba abrazarlo, recorrerlo con mis brazos, juguetear con su pelo sedoso…ansiaba que llegase la noche y que con su manto oscuro nos protegiese, nos meciese al son de la melodía de los árboles en movimiento, a él y a mí, los dos juntos…pero, de todas formas, mi misión para ese día urgía por encima de todo eso.

Me levanté de la cama y descorrí las cortinas con cuidado, dejando entrar en todo su esplendor el poder del astro rey, cegándome, ardiendo en mi piel como si se tratase de piel de vampiro.

Un vistazo rápido en el espejo me indicó que mis rizos azabaches y enmarañados eran un caso perdido, mi flequillo liso, separado hacia ambos lados de mi rostro, era demasiado largo, y mi palidez extrema se podía camuflar fácilmente con la pared. Con los ojos entrecerrados escruté mi rostro. Sobre mi tez blanca se podían distinguir unas pocas pecas sobre los pómulos, bastante marcados. Mi nariz presumía de un pequeño caballete tras el puente y mis labios eran, quizá, demasiado secos y abiertos, aunque no demasiado finos, gracias a Dios. Procuré no pensar demasiado en mis defectos estéticos y únicamente dibujé una fina línea negra alrededor de ambos párpados a modo de maquillaje, dando un poco de vida a mis ojos marrón chocolate, que con la luz del sol casi parecían de un tono granate extravagante.

Elegí para ese día una ropa especial, incapaz de pasar inadvertida ante una multitud en pleno día, una ropa elegante después de todo. Eso daría veracidad a mi testimonio. Un corsé rojo, casi granate, con bordados decorativos de color turquesa se abrazaba a mi torso asfixiándome, una falda del mismo tono, hecha en seda, recorría mis piernas hasta besar el suelo, y una cinta a juego en la cabeza, entrelazada con mis rizos que caía suavemente sobre mi hombro derecho.

Era un día reluciente, de los pocos que se llegaban a ver en Londres, y lo cierto es que lo agradecía. El ambiente en el exterior había cambiado, por una vez desde hacía años, parecía que los ciudadanos se habían olvidado de nuestros asesinos y salían a la calle con el único propósito de vivir. A medida que iba caminando por las calles, el sol se iba reflejando en mi vestido, creando un aura a mi alrededor de color rosáceo, casi hipnótico e imposible de ignorar.

Sabiéndome dueña de las miradas de todos los transeúntes, comencé a caminar hacia la calle donde había oído que los Cazavampiros andaban husmeando en su eterna búsqueda de los inmortales.

Cuando crucé por una calle especialmente bulliciosa, comenzó mi particular teatrillo.

Como alma desconsolada, mis ojos se nublaron en lágrimas doloridas, y los sollozos crecían en mi garganta, preparados para salir a borbotones de mi interior. Un hombre con aire preocupado se detuvo frente a mí, observándome con cautela, a lo que yo respondí con un llanto a pleno pulmón, y corrí, corrí a través de la calle, la gente se detenía a mi paso sin saber lo que me ocurría. Mi destino no eran ellos. Tras una esquina vislumbré, al fin, a los Cazavampiros. Estaban entretenidos con un edificio algo apartado del resto, estudiando el suelo y su fachada, sin pintura y con grietas enormes, que parecía estar a punto de derrumbarse. Era una casa particular de dos plantas que ahora sufría de abandono tras su propio incendio hacía varios años, un edificio que, en definitiva, yo conocía demasiado bien. Ese era el hogar diurno de Emerik y sus hermanos, cuatro vampiros más, el lugar donde creían que estarían a salvo de las inspecciones de los Cazavampiros. Estaba claro que se equivocaron.

Durante todos estos años yo había velado por la seguridad de mi vampiro durante el día en secreto, desde que me hizo saber de su vulnerabilidad a la luz del sol, una debilidad excesiva a mi parecer, según él me contó, un simple rayo de sol directo sería capaz de matar al más fuerte de los vampiros. Por eso decidí vigilar los avances de los Cazavampiros constantemente, pero nunca se habían acercado tanto como ahora a mi vampiro. Tenía que pararles los pies, despistarlos y enviarlos en una pista falsa lejos de allí antes de que fuese demasiado tarde. Si entraban en esa casa…Emerik moriría.

Eché a correr en su dirección, llorando con más fuerza y estridencia, y ellos se volvieron hacia mí de súbito. Tropecé a posta cuando estaba a un metro de uno de ellos, un hombre rubio y rudo, de unos cuarenta años, con las arrugas marcadas y complexión robusta, y él avanzó hacia mí, sujetándome antes de que cayese al suelo. Yo me dejé caer en sus brazos, con aire desolado.

— ¡Ayudadme por piedad!—exclamé a pleno pulmón.

— Calmaos, mi lady, ¿qué os ocurre?

Intenté hacer tiempo, pensando en una historia creíble para desorientarles mientras lloraba desconsolada, y comencé a mirar a mi alrededor con desesperación. El Cazavampiros me sujetó con fuerza por los hombros y me obligó a mirarlo. Para entonces, yo ya había elaborado el mejor de los planes.

— Ayudadme, por piedad—repetí mirándolo a los ojos.

— Os ayudaré, pero antes tenéis que calmaros. ¿Cómo os llamáis?

— Achlys—susurré mirando al suelo.

— Por favor, Achlys, decidme qué os ha ocurrido—suplicó.

Esbocé una mueca con mis labios y lo miré con expresión aterrada. Él me observaba con marcada curiosidad, aunque no demasiada. Exhalé un suspiro resentido.

— Los vampiros, mi lord—comencé—salí de madrugada, aún quedaban unos minutos para que amaneciese, pero creí que no había peligro…y entonces los vi, cientos de vampiros con sus ojos sanguinarios puestos sobre mí—hice una pausa y miré al suelo—el alba les obligó a esconderse, y vi dónde está su escondite.

El resto de los Cazavampiros habían estado hasta ese momento revoloteando por los alrededores de la casa, sin prestarme ningún tipo de atención, pero al oír mis palabras olvidaron sus quehaceres, y me miraban con los ojos abiertos como platos.

— Mi lady, la información que guardáis con vos es muy valiosa, y cuanto antes nos la confeséis antes podremos protegeros de esas bestias—me persuadió con voz temblorosa.

Con deliberada lentitud y sin dejar de mirarle a los ojos, me volví hacia una calle estrecha tras de mí, que acababa con una verja antigua y oxidada, que ahora daba a un callejón sin salida. Entonces señalé al suelo.

Los Cazavampiros, boquiabiertos, vieron ante sí la respuesta a sus plegarias.

— ¡Cómo no se nos ocurrió antes!—exclamó— ¡Las alcantarillas de Londres!—se volvió a sus compañeros y, con un gesto, les ordenó que lo siguiesen, saliendo así todos corriendo hacia la boca de alcantarilla, llevando consigo dientes de ajo bien sujetos en una mano mientras con la otra empuñaban una cruz de oro maciza.

Esbocé una media sonrisa placentera. Mi trabajo había concluido allí. Emerik estaba de nuevo a salvo de entrometidos, y decidí volver a casa y cambiar mi ropa deslumbrante y cantona por algo un poco menos llamativo.

Más tarde, paseé por la ciudad con tranquilidad, disfrutando de un sol deslumbrante y poco común. Y aunque la mayoría de los transeúntes parecían tan tranquilos y sosegados como yo, eso distaba mucho de la realidad. Yo sabía que ellos sólo fingían, más para sí mismos que para el resto, pero seguía siendo una mentira. Caminaban de un comercio a otro, se detenían a hablar con sus vecinos con toda alegría, aunque a los cinco minutos de charla, se les hacía tarde. Siempre pendientes del reloj. Siempre con el rabo entre las piernas.

Tas vagar durante horas por la ciudad, caí en que el crepúsculo amenazaba con reinar de nuevo, y yo no había comido nada, así que busqué a tientas una posada abierta, pero a esas horas ya todo estaba cerrado.

Al final de la calle vislumbré una luz débil en una posada, parecían estar cerrando, pero con un poco de suerte me atenderían si no les retrasaba.

— Lo lamento, señorita, ya hemos cerrado—se disculpó el posadero indicándome que saliese por donde había entrado.

— Señor, únicamente quiero algo de comer, quizá un bocadillo—me iba a dar una segunda negativa cuando volví a rogarle con mirada inocente—por favor, señor, estoy hambrienta.

Conmovido, el posadero me facilitó un bocadillo a cambio de unas monedas y al momento salí de la posada, para dejarle cerrar tranquilo. Probablemente tendría familia, y estaría deseando reunirse con ellos para protegerlos una noche más.

Entonces imaginé a los niños corriendo por el patio, tropezando y gritando, huyendo de seres sobrenaturales, rápidos como un susurro y extremadamente sanguinarios. El corazón se me encogió de repente.

No teníamos escapatoria. Por mucha ilusión que nosotros intentásemos crear, ante la desesperación de vivir aterrados toda la vida, controlados, asesinados despiadadamente no podríamos hacer nada. Nuestro destino era algo conocido por todos, peligroso, sangriento y desesperado. El futuro estaba escrito en rojo, y acababa con nuestra extinción. Todos eran conscientes de ello.

La noche había caído sobre mí con suavidad y frescor, silenciosa. Reconduje mis pasos hacia el punto de encuentro de Emerik y mío, y la alegría por volver a verlo me dio nuevas fuerzas para seguir adelante. Quería sentirme a salvo en sus brazos, pues sabía que él jamás me lastimaría. Me amaba demasiado. Porque, si sólo quería matarme, ¿cuál fue la razón que eligió para salvarme… aquella vez?

Mientras la oscuridad se apoderaba del parque desolado, pequeños brillos carmesí iban apareciendo con regularidad entre las hojas de los árboles, observándome sin descanso. Fruncí el ceño y apreté el paso con decisión. Estaba furiosa con ellos. Yo sólo deseaba encontrarme con Emerik de nuevo, pero como cada noche, ahí estaban ellos vigilantes. Pero ni siquiera ellos eran capaces de hacer que mi ánimo desfalleciese en el momento previo al encuentro con Emerik.

Sin embargo, cuando llegué a nuestro banco, mi corazón gritó desbocado. Mi vampiro no estaba allí. Me quedé plantada a cinco metros del banco, ignorando la presencia de los demás vampiros, hasta parecía que mi cerebro se había congelado. Jamás había faltado ni una sola noche, y mucho menos retrasarse. Tras unos minutos en los que no supe ubicarme, me asusté. ¿Le habría pasado algo malo? ¿Y si los Cazavampiros habían retomado su búsqueda en la guarida de mi amado, al darse cuenta de que mi testimonio había sido una farsa? ¿Y si había muerto?

Sentí cómo mi corazón se aceleraba descontroladamente. Los ojos rojos de las entrañas de los árboles rugían hambrientos, las hojas caían por sus violentas convulsiones, y mis ojos, muy abiertos, cada vez veían menos. Una parte de mí me obligó a respirar hondo y cerrar los ojos. Mis sentidos volvieron a funcionar como es debido. Oí que cada vez había menos ruido a mi alrededor, las bestias se habían calmado. Mi corazón palpitaba con regularidad. Reprimí una sonrisa inocente. Emerik no podía estar muerto. ¡Era un vampiro, por amor de Dios! Se había retrasado. Eso es todo.

Abrí los ojos con decisión. Tuve que pestañear dos veces para conseguir una visión nítida del banco. Seguía solo, pero yo sabía que Emerik llegaría. Yo había llegado demasiado pronto esa noche, y él…en algún momento tenía que alimentarse. Estaba convencida de que llegaría de un momento a otro, por tanto, me senté en el banco y esperé pacientemente su llegada.

El tiempo se había detenido por completo. El silencio se adueñó de todo el espacio que me rodeaba y hasta los ojos rojos que me observaban parecían haberse congelado. Cada segundo era como un latigazo marcado por los latidos de mi corazón, a cada cual más doloroso. Mis ojos cada vez inspeccionaban mi alrededor con más nerviosismo, más rápido, pero sin encontrar nada. Mi preocupación crecía sin remedio. ¿Por qué no venía?

Esperé y esperé. Pero nadie apareció. Lo único que me indicaba que el tiempo continuaba pasando era que cada vez más ojos carmesí aparecían entre las sombras de los árboles del parque, cada vez más siniestro y desconocido. Sentía el frío que la ausencia de Emerik había dejado, y mi soledad parecía alimentarse de ese frío. Él era mi único protector y ahora… estaba completamente sola. Rodeada de vampiros.

Emerik pocas veces me contó algo acerca de su raza, se sentía reacio a revelarme nada, aunque algunas veces le salía solo, como un suspiro aliviado. Me contó que los vampiros cuentan con gran destreza y agilidad que alcanzaba su punto álgido cuando cazan. Se me hacía imposible imaginar lo que él me contó, ya que nunca había visto a un vampiro cazando, pero me habló de que poseen un olfato extremadamente sensible a la sangre humana, y sus oídos llegaban a escuchar el aleteo de una mariposa a varios kilómetros a la redonda, aunque eso, ahora mismo, era la menor de mis preocupaciones, a pesar de ser la más alarmante.

Tras esperar horas y horas, mi mente se sumió en la tristeza al llegar a la conclusión más obvia. Emerik no iba a presentarse esa noche. Las seis de la madrugada. A penas quedaban otras dos horas para el amanecer. Entonces caí en la cuenta de que no era sólo la soledad lo que me causaba el frío, la niebla había regresado, marcando que el alba no estaba lejano.

Era el momento de regresar a casa, y, a la vista de mis atentos observadores nocturnos, debía mantener toda la calma posible para evitar que se me echasen encima. Inspiré hondo y me levanté del banco lentamente. Por suerte las piernas me respondían bien. Observando de reojo hacia los árboles y sus convulsiones, comencé a caminar de regreso a casa, con pasos estrictamente calculados. Los asesinos tenían sus ojos fijos en mí, casi podía sentirlos como cuchillas, siguiéndome curiosos y perplejos. Debían creer que Emerik andaba cerca… o que me estaba vigilando. Era la única explicación de que no me atacasen. Por mi propio bien, esperaba que lo siguiesen creyendo hasta que estuviese lejos de ellos.

Los árboles se sacudían a causa de los vampiros cada vez que pasaba demasiado cerca de uno de ellos, como si fuesen perros hambrientos amarrados a un palo. Estaban indecisos, podía notarlo. Los rugidos se refugiaban inseguros en sus gargantas y, aunque yo sólo llegaba a oír un pequeño murmullo, podía sentir en potencia lo que significaría oírlo en su estado más salvaje y sanguinario. Si perdiese el control de mis emociones todo terminaría. Para refugiarme de esto mismo, mis pensamientos intentaban evadirse de Emerik.

Cuando llegué al final del parque, mis pasos, antes calculados y cuidadosos, se aceleraron casi en carrera hacia mi casa al tiempo que en las entrañas del bosque los rugidos surgían como truenos en la tormenta y pude sentir cómo los inmortales se revolvían en el interior del parque.

Subí a toda velocidad las escaleras del portal hacia mi casa, mis manos temblorosas sustrajeron las llaves del bolsillo y con el corazón acelerado entré en casa y cerré de golpe.

El silencio reinaba en el interior de mi casa, ajena al peligro que se escondía fuera. Respiré aliviada al fin. Un sudor frío recubría todo mi cuerpo helado, y me di cuenta del miedo que tenía. Quizás más que nunca. Me sentía en peligro real. Me arrastré hasta mi cuarto y dejé que mi pesado cuerpo cayese sobre la cama, agotado. Pero mis ojos permanecían abiertos de par en par, no querían cerrarse. ¿Por qué Emerik me había dejado sola? Me sentía más vulnerable y débil que nunca, estaba desprotegida, sola. ¿Dónde podía estar? En mi mente aún existía una esperanza de que aparecería junto a mi ventana y se disculparía por la tardanza, me abrazaría, me protegería de nuevo. Pero no sucedía. Y no sucedería. ¿Dónde podía estar que fuese más importante que evitar mi muerte, si realmente me amaba?

Y mi cuerpo sudoroso se quedó frío y seco de repente. Mis ojos se abrieron hasta tal punto que me dolió y me encogí de miedo. Algo había ocurrido, podía sentirlo. ¿Y si había muerto? ¿Era eso frecuente? ¿Era posible?

Me introduje con deliberada lentitud bajo las mantas de la cama y me encogí sobre mí misma, intentando atraer algo de calor, para calmarme. Inspiré hondo y me prometí averiguar qué ocurría al día siguiente. Al amanecer perdí el hilo de mis pensamientos.

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Acerca de Hellen Cauldron

Escritora y diseñadora gráfica, me encantan las novelas de fantasía, la música y la pintura
Minientrada | Esta entrada fue publicada en Novela por capítulos y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a 2. Teatro

  1. Zoe Ruiz dijo:

    Extrañaba leérte Hellen, te dejo un abrazo y ya sabes que siempre serás bienvenida a mi blog.

    Me gusta

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