1. Impulsos

ISBN: 978-84-9008-104-4

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cabecera-catarsisInglaterra, 1728.

Son tiempos difíciles para nosotros, los mortales. Una amenaza azota la ciudad en la oscuridad de las calles londinenses, una amenaza como nunca antes se había visto en el mundo conocido, peligrosa y despiadada. Las campanadas de la catedral rugían furiosamente anunciando la llegada del crepúsculo, y con él, el toque de queda. Estaba prohibido circular por las calles tras el ocaso, por nuestra propia seguridad. En mi opinión, la prohibición no era necesaria. Los ciudadanos londinenses albergaban tal temor en sus corazones que evitaban la oscuridad incluso antes de que el reinado del sol se hubiese extinguido. Yo, sin embargo, difería en ese sentimiento con ellos. Circulaba con total libertad por las calles oscuras y frías, sin importarme lo que eso significase, o al menos, intentando no pensar en ello.

Soy Achlys, vivo sola en casa de mis difuntos padres y mis relaciones sociales podrían considerarse nulas, aunque eso nunca tuvo mayor relevancia para mí, ya que, desde que tengo memoria, siempre he estado sola. Mis padres desaparecieron tras dejarme en un orfanato lúgubre y mugriento, y poco más sabía sobre ellos. Las monjas cuidaron de mí prácticamente desde que nací, me eduqué con ellas en su colegio de señoritas, y en cuanto tuve la oportunidad, me escapé de allí.

Las calles, ya desiertas, exponían ante mí un mundo desconocido entre las sombras y la oscuridad de los edificios silenciosos, aparentemente abandonados, eso era lo que querían transmitir. El pavimento aún estaba húmedo debido a la lluvia de las semanas pasadas y la niebla, que cada amanecer hacía su aparición fría y espesa, como de costumbre, y las ratas se sucedían en filas desiguales, caminando en busca de alimento, como cada noche. En esta ciudad enclaustrada, difícil era ver el día que el sol llegaba a calentar lo más mínimo el ambiente que recorría las calles. El eco de mis pasos solitarios y tranquilos retumbaba en la piedra resquebrajada de los viejos edificios fríos y sin colores, grises como los días lluviosos, como el ánimo de los ciudadanos, como la vida de todos ellos. Hasta que el eco se multiplicó por diez. No estaba sola en mi tranquilo paseo nocturno, y pocas eran las veces que me cruzaba con ellos, pero debía asegurarme de que no me viesen, sólo por si acaso. Disimuladamente, me oculté bajo mi capucha negra y me camuflé con la pared, como una sombra en la oscuridad.

De poco me iba a servir si se trataba de uno de los inmortales. Pero, al decir ellos, no me refiero a esas bestias, sino a los únicos humanos tan atrevidos como para burlar a la muerte noche tras noche. Sus pasos torpes y sonoros los delataban para mí, y mucho más para las criaturas, seguro. Por suerte, la experiencia me había enseñado que los inmortales no eran tan escandalosos como los propios humanos, pues el sigilo era su mayor baza, y les servía de mucho. No, estos pasos desiguales y estridentes los conocía a la perfección.

Los Cazavampiros, únicamente hombres elegidos por la Iglesia para acabar con los inmortales. Todos ellos hombres grandes, robustos, con brazos descomunales, vestidos con un uniforme de color blanco puro, como el blanco de una luz muy intensa, con una cruz bordada en hilo de oro a su espalda. Armados con dientes de ajo y cruces de oro colgando del cuello, hacían sus recorridos rutinarios para limpiar las calles infestadas. Todos ellos presumían de una excelente e inmaculada dinastía de no sé qué reyes medievales. O eso nos decían. Por extraño que pareciese, los ciudadanos confiaban en que ellos los salvarían. Y, a pesar de que, según se decía, habían matado algún que otro vampiro, las muertes no cesaban entre los ciudadanos. Es curioso cómo las personas se aferran a un clavo ardiendo cuando su vida pende de un hilo. Al llegar el día, los Cazavampiros hacían reuniones masivas a las que todo el pueblo estaba invitado, a los pies de la iglesia, para contar batallitas de noches pasadas en las que varios de los vampiros les atacaban sin piedad y ellos luchaban valerosamente en nombre del pueblo, hasta que las horribles bestias se arrodillaban pidiendo clemencia. ¿Clemencia? ¿Ellos?

Cuando los pasos se fueron alejando, aproveché y me escabullí por un callejón solitario y maloliente debido a su abandono, atajando hacia mi destino. Frente a unos edificios antiguos de color marrón desteñido y deteriorado, tal vez los últimos edificios que se llegaron a decorar, se encontraba la entrada, con una verja oxidada, a un antiguo parque, descuidado y desaliñado hasta tal punto que se podría considerar la idea de que se hubiese convertido ya en una selva. Tiempo atrás, este parque había sido el refugio secreto de los enamorados incomprendidos de Londres, pero ahora, que las personas ni siquiera tenían tiempo para el amor, sufría de abandono.

Me introduje en él con pasos firmes y seguros, pero a su vez silenciosos. Tenía que ser cautelosa con mis actos, a fin de cuentas, no era más que una humana. Mis pasos sonaban ligeramente en el suelo del parque, hecho de piedra, y que ahora la vegetación había comenzado a deteriorar, naciendo en las mismas entrañas del suelo y abriéndose paso a través de la piedra, resquebrajándola y rompiéndola.

Tal y como estaba, merodeando sola por un parque abandonado en plena noche, corría riesgo de morir a cada segundo que pasaba, y lo sabía, pero tenía una buena razón para burlar a las criaturas, aun a sabiendas que era un mero signo de estupidez por mi parte. Si vacilaba, dudaba o mi pulso se aceleraba mínimamente, las bestias me matarían y se alimentarían de mí sin pensarlo dos veces. Clavarían sin piedad sus colmillos en mi cuello, desgarrándolo para conseguir su sustento. Sin embargo, tentaría a la muerte una y mil veces más, me pasase lo que me pasase, porque estaba enamorada…

…De uno de ellos.

Un hombre alto y musculoso aguardaba, oculto por su capa y junto a un banco vencido por la vegetación, mi llegada. Bajo su capa negra y brillante podía vislumbrar el brillo de sus ojos verde esmeralda, luciendo con ansiedad. No sabría decir si esa ansiedad era por volver a verme o por matarme, pero esa incertidumbre carecía de importancia si me permitía volver a verlo una vez más.

Me acerqué a él inspirando hondo y las rodillas comenzaron a temblarme. Observé por el rabillo del ojo hacia los árboles, cuyas hojas se mecían con suavidad por un viento inexistente en ese momento. Ahí estaban de nuevo, como cada noche, miles de ojos rojos ardiendo en la oscuridad de los árboles, observándome furtivamente, miles de inmortales hambrientos que esperaban el mejor momento, deseosos de desangrarme. Pero ese momento se retrasaba continuamente, puesto que, Emerik, mi vampiro, jamás lo permitiría.

Me sentí mucho mejor cuando estuve a salvo entre los brazos de mi amado, fríos como el hielo, que reconfortaban con su fortaleza mi sensación de seguridad. Hundí mi rostro en su pecho, ocultándolo bajo su capa, inspirando con profundidad el aroma gélido que emanaba de su cuerpo, un aroma dulce y suave que, en cierto modo, recordaba a la muerte.

Un beso helado en mi frente me sacó de la ensoñación en la que yo misma me había sumergido y volví a la realidad estremeciéndome de arriba abajo. Poco a poco me fui apartando de su regazo, para contemplar su perfecta belleza inigualable a la luz de la luna.

Su pelo, de color castaño desigual, con mechones algo más oscuros, sedoso y brillante, le caía por la espalda hasta los omóplatos, sujeto con un lazo azul cian a modo de coleta, a excepción de dos mechones que le caían a ambos lados del rostro, un rostro de color nácar, y fuerte como el acero, sus ojos radiantes de color verde esmeralda me observaban con deliberado deseo, tal vez demasiado para tratarse de un deseo…de añoranza. Su fina y recta nariz se dibujaba a lo largo de su rostro con una belleza sobrenatural, y sus finos labios se curvaban ligeramente hacia arriba en una diminuta sonrisa amable. Y su cuerpo era glorioso, musculoso y esbelto, marcado en su traje negro de gala, que siempre llevaba. A mis ojos era un ángel.

— Buenas noches, mi niña, ¿cómo has dormido hoy?—aún conociéndole desde hacía ya tres años, se me erizó el vello de los brazos al oír su melódica voz, tan hermosa y cristalina que haría desfallecer a una mujer sorda.

— Te añoré—confesé sin poder apartar la mirada de su rostro angelical.

Él rió por lo bajo con un ronroneo residiendo en su pecho, dejando entrever en su sonrisa diamantina unos siniestros colmillos afilados y pequeños, que sobresalían de la fila perfectamente alineada, aunque en él parecían inofensivos. O así era como yo los veía, al menos.

— ¿Te he dicho alguna vez que estás adorable a la luz de la luna?—me alabó mientras yo me sonrojaba sin remedio.

— Sabes que no me gusta que hagas eso—le reproché con cariño.

— ¿El qué?—preguntó divertido, haciendo su sonrisa más amplia.

Sabía de sobra a lo que me refería.

— No es malo ruborizarse—comentó con tono triunfal—significa que hay vida en tu interior. Yo lo encuentro adorable.

Entrecerré los ojos y esbocé una media sonrisa contradictoria, a lo que él respondió cogiéndome por la cintura y estrechándome contra él con cariño. Él era todo lo que yo siempre había soñado, y todo ello en un grado que no se me habría ocurrido ni imaginar. Él conseguía que olvidase por completo que era vampiro, cuando estábamos juntos, sólo éramos él y yo.

Se apartó de mí con suavidad y atrapó mi mentón con sus dedos pulgar e índice, instándome a mirarlo a sus ojos hipnóticos.

— Demos un paseo.

Con deliberada lentitud, comenzamos a adentrarnos en lo más frondoso del parque, allí donde el camino se había convertido en sendero y los arbustos se debatían por ocupar el mejor y más alto puesto, compitiendo con los árboles, allí donde la luz de la luna no llegaba a penetrar, un lugar que aún recordaba a los viejos tiempos, cuando los enamorados se reunían en secreto.

Pero nuestro amor era un secreto a voces. Ahora el peso de todas las miradas indiscretas que hasta ese momento me habían intimidado, reposaban sobre los hombros de Emerik. Por la dureza e inexpresividad de su rostro podía adivinar la cantidad de inmortales que presenciaban nuestro encuentro esa noche. Una vez, hacía varios meses, nuestros testigos ascendían a más de doscientos y el gesto de Emerik fue especialmente salvaje y desquiciado. Era obvio que él no podía ser natural conmigo con todo aquel público expectante a cada paso que yo daba, esperando un traspié para atacar.

Miré apenada la dureza del semblante de mi amado y la distancia entre nosotros comenzó a dolerme. ¿Cuándo podríamos ser libres de todas esas miradas asesinas? Yo conocía la respuesta demasiado bien.

— Nos observan también hoy, ¿verdad?

Y lo cierto era que esa pregunta, a estas alturas, sobraba. Él, sin apartar la mirada del frente y, supuse, con los sentidos agudizados al máximo, alerta ante cualquier imprevisto con nuestros observadores, intentó crear una sonrisa en sus labios marmóreos sin demasiado éxito.

— Siempre están esperando a que cambie de idea respecto a ti, les resultas…diferente. Son un caso perdido—concluyó.

— ¿Les resulto diferente?

— Son los impulsos de tu corazón—dijo casi por obligación—resultan más rápidos y fuertes de lo común. Es como si residiese más vida en tu interior. Ellos…—apretó las mandíbulas—tienen curiosidad.

Me estremecí. No pude evitarlo, por mi mente rondó la escena de mi…sacrificio y palidecí. Aún ahora apenas era consciente del peligro que corría, estando junto a Emerik. Él también era vampiro.

— ¿Es igual de impulsiva para ti?—tanteé.

— No te preocupes ahora por eso, mi amor por ti está por encima de todo eso. Sabes que yo jamás te haría daño.

— Sí, eres mi ángel de la guarda—le sonreí.

— Algo así—dijo sin emoción alguna en la voz.

— Pero deseas matarme, aunque no quieras—concluí.

Entonces, por vez primera en largo rato, se volvió hacia mí, mirándome con un gran esfuerzo y pude distinguir en sus ojos un brillo minúsculo teñido de rojo rubí. Nunca antes lo había visto en él, y de no ser por el tono amargo de su expresión, me habría asustado.

— Si no te he matado aún no es porque no desee tu sangre, como el resto, es por algo más complejo que todo eso. Dejando a un lado lo que siento por ti, lo cual es razón bastante y suficiente para no dañarte jamás, yo…no quiero sentir que soy un animal—suspiró.

— Tú no eres un animal—aseguré.

— Los de mi especie, todos ellos, lo son—su tono se volvió frío y cortante.

Quedamos en silencio. Su rudo rostro volvió a inspeccionar los árboles mientras caminábamos, aunque, esta vez, yo creí entender que lo hizo para evitar el tema. Era difícil saber con exactitud lo que le rondaba por la cabeza. Me hacía sentir mal no poder ayudarlo, me mataba que no pudiésemos ser felices juntos, sin más, y sobretodo me ponía furiosa tener tantos espectadores cada vez que nos encontrábamos. ¿Realmente era necesario? Podíamos ir a otro sitio o… sólo perderlos de vista un rato. Me ponían enferma.

— Lo siento—se disculpó—Lamento meterte en todo esto. Cuando te conocí no imaginé que sería así. Tú no deberías estar aquí, es más, deberías irte de la ciudad, alejarte del peligro. Pero… no puedo pedirte que te alejes de mí. Intento protegerte y lo único que consigo es convertirte en el centro de todo. No sé qué hacer para mantenerte realmente a salvo—me miró, buscando la respuesta a su ruego en mi rostro, una respuesta que yo jamás le daría por voluntad propia. Yo no podría soportar el dolor de la separación. Sólo de pensarlo se me nublaba la vista.

— Vayámonos de la ciudad—sugerí—los dos. Escapemos de ellos.

Sabía a quién me refería y negó lentamente con la cabeza.

— No lo comprendes. Yo mismo podría matarte. ¿No entiendes que, si no soy yo, puede ser cualquiera de ellos?

Ambos miramos la maleza desmejorada a nuestro alrededor, con recelo, mientras una docena de ojos brillantes en la lejanía nos devolvían la mirada con suspicacia. Miré a mi vampiro. Los árboles se revolvieron y las criaturas rugieron furiosas, como animales.

— Emerik, la muerte es un riesgo que he asumido hace mucho. No puedo alejarme de ti—hice una pausa y observé sus ojos cautelosa. Miraba al frente con inexpresividad mientras yo hablaba, y lo siguiente que le quería decir no le iba a gustar nada. Cogí aire—En realidad quería que tomases la decisión definitiva respecto a nuestra relación.

De repente se detuvo con brusquedad y me sobresalté, pero su rostro dolido se dirigía únicamente a mí, olvidando al resto de acompañantes.

— ¿Qué ocurre?—pregunté fingiendo indiferencia.

Su mirada desbocada refulgía un brillo intenso, taladrando mis ojos, con la incredulidad como principal protagonista.

— ¿Cómo puedes decir eso?—me susurró desorientado.

— Todo sería mucho más sencillo así, Emerik—razoné—ellos dejarían de observarnos y seríamos libres de…

— No hables de lo que no conoces. No es tan sencillo como tú lo ves.

— ¿Y la situación en la que estamos lo es?—ironicé.

— No me quieres escuchar—dijo desesperado—No somos una especie maravillosa ni encantadora, no dejes que mi apariencia inofensiva te ciegue, Achlys. Por no hablar de todo el sufrimiento que tendrías que acarrear. Una vez eres inmortal, todo adquiere un nuevo sentido, mucho más devastador y agonizante de lo que tú jamás serías capaz de imaginar como mortal. No deseo ese destino para ti, tú no mereces esto—entonó cada una de las palabras de la última frase con extremada lentitud para asegurarse de que le entendía.

— La vida eterna es algo que todo el mundo desearía y yo la anhelo más que a nada—apunté—y apuesto a que tú cuando fuiste humano también.

Disimuló una pequeña risa oscura en el interior de su pecho. No estaba de acuerdo conmigo, desde luego.

— Por supuesto—admitió—cuando ni siquiera lo creía posible. Pero era simple curiosidad. Yo nunca lo deseé. Sin embargo, la mayoría de los vampiros admiten que los primeros años de inmortalidad es divertido, tienes una sensación de poder inimaginable, pero al cabo de unas cuantas décadas te das cuenta de que ya lo has visto todo y que la humanidad avanza con extremada lentitud. Y el peso de los años…y de tus propios actos…te comienza a aplastar cada vez más.

— La diferencia es que tú estuviste solo todos esos años, pero ahora podríamos disfrutarlo juntos—insistí.

— ¿Por qué te cuesta tanto entenderme?—se dio por vencido.

— ¿Por qué te cuesta a ti? ¿Tanto te molesta que desee estar contigo sin ser una tentación para ti? ¿Sin ser una simple y débil humana?

— No seas ridícula, sabes que te amo tal y como eres—rebatió triunfal.

— Pero has de admitir que formo parte del bando de los débiles—añadí con fuerza—basta un descuido por tu parte y mi vida habrá terminado.

— ¡Qué tozuda eres!

— Es verdad—casi sonreí. Estaba a punto de conseguir mi propósito tras tres años de intentos frustrados, pero esta vez llevaba las de ganar—vosotros regís en el mundo tal y como yo lo conozco. No hay escapatoria posible a menos que…

— Te equivocas—me cortó, elevando una ceja—Nosotros no gobernamos sobre vosotros, sólo nuestra influencia, que os inculca miedo, hace que vosotros modifiquéis vuestras prioridades. Muchos de los nuestros opinan que los humanos no tenéis la experiencia de milenios para gobernar el mundo adecuadamente, alegando con ello que nosotros seríamos los más aptos a mandar, pero esa propuesta ha sido rechazada miles de veces por los filósofos, ellos saben que eso significaría el caos. Por esa razón respetamos vuestro derecho de vida. Os necesitamos para seguir existiendo.

Cavilé un momento. El extraño significado de las palabras de Emerik, daban lugar a un segundo sentido que sólo llevaba a una posible interpretación.

— ¿Me estás diciendo… que si esa propuesta llega a ser aprobada por vosotros, nos habríamos convertido en vuestro ganado?—mi tono de incredulidad era evidente, y Emerik contestó con la mayor delicadeza que pudo.

— Inequívocamente.

No podía creerlo. Todo lo que creía mis ideales, mis deseos, todos mis pensamientos estaban ahí gracias a que un consejo de filósofos vampiros habían decidido respetar nuestra forma de vida para preservar su… alimento. Parecía que el cielo se me iba a caer encima en ese momento. Me recorrió un escalofrío por la espalda y me estremecí. Emerik se inclinó levemente hacia mí, con aire preocupado.

— ¿Me estás diciendo que el hecho de que yo no esté ahora mismo en un corral comiendo pienso es que un grupo de vampiros decidió respetar la vida humana?

— Lo del corral es exagerado…

— ¿Es así?—exigí.

— En esencia, sí—contestó con tono cansino.

Le miré directamente a los ojos. Aún quedaba la pregunta más importante por formular.

— ¿Cuál fue la razón por la que esos vampiros decidieron preservar nuestra forma de vida?

Calló un momento. Sus ojos habían dejado de brillar de repente. Esa respuesta no me iba a gustar nada.

— Creían que si os tratábamos como ganado—hizo una mueca—vuestra sangre no nos serviría de alimento porque… dejaríais de ser seres racionales a la larga y vuestra sangre perdería su valor. Y no están dispuestos a correr ese riesgo.

Me quedé helada. Para ellos nosotros no significábamos nada, no nos encerraban en establos pero se aseguraban de que nos nutriésemos bien en nuestra vida exenta de libertad de elección, después de todo. Bastaba un pequeño cambio de opinión en el mundo de los vampiros y pasaríamos a ser primer plato de golpe, y eso me entristecía, no controlábamos nada de lo que nos rodeaba, pero nos creíamos la falsa ilusión de que era así. Dejaban que jugásemos a creernos héroes mientras nos utilizaban.

— Pero…—balbuceé—los Cazavampiros han matado algún vampiro…

— Eso es lo que debíais creer.

Emerik, confundido, me miró a los ojos con cautela.

— ¿Te preocupa algo?—susurró con tono culpable.

— ¡Nos conducís a la esclavitud!—bramé—No hay elección de futuro para nosotros, los deseos y las ilusiones se disiparán de nuestras mentes y jamás volveremos a sentir amor, felicidad o cariño…

— Es nuestra naturaleza. No podemos negar lo que somos. De no haberos necesitado os habríamos exterminado con suma facilidad. Vosotros hacéis lo mismo con los animales, por la misma razón, y no veo que tengáis remordimiento alguno…

— Habrá gente que, como yo, no se conformarán—amenacé.

— Sabes que yo jamás permitiría que nada te hiciese daño a ti—puntualizó con una nota de amargura en la voz.

— ¿Y si un día te despistas? ¿O si decides que no merece la pena?

— Eso es imposible.

— En cualquier caso, ponte en mi lugar—reté—tú fuiste humano una vez, y ahora te dedicas a alimentarte de nosotros. ¿Por qué iba a pensar que yo te importo lo más mínimo?

Se envaró y elevando su rostro por encima de mí, me dedicó una mirada exenta de cariño o comprensión, una mirada altiva y orgullosa, una mirada de vampiro.

— Yo no soy como ellos. No me alimento de humanos. No… desde hace años.

Callé al instante. Evalué su mirada con detenimiento a medida que su rostro se iba destensando. No era mentira lo que me acababa de decir, no podía serlo. En cierto modo, yo me había engañado con cualquier posibilidad lejana a la ingesta de humanos, a fin de no imaginar a Emerik como un asesino despiadado.

— ¿Qué comes, entonces?—dije con suavidad para intentar calmarlo.

— Los vampiros no comen, Achlys, beben sangre—entrecerró los ojos—Me alimento de animales, igual que tú.

— ¿Podéis vivir a base de sangre animal?

— Con frecuencia, el caso no es poder, sino querer, la sangre animal es más basta y grumosa que la humana, el sabor es amargo y desagradable en su mayor parte, además de que conserva pocos de los nutrientes principales de la sangre humana, pero es suficiente para subsistir. Por las razones que acabo de explicarte, soy el único vampiro de por aquí que consume este tipo de sangre.

Sangre animal. Jamás lo hubiera imaginado. En gran parte porque los asesinatos de los vampiros por noche eran cuantiosos y desagradables, y todo ello daba a deducir que disfrutaban asesinando como lo hacían.

— Dejemos este tema para otro día, ¿de acuerdo?

Su sonrisa repentina me hizo sospechar. Al principio de nuestra conversación nos habíamos detenido, y yo había creído que era debido a la discusión, pero su sonrisa diamantina y ese tono pícaro en su rostro me hicieron dudar. Estábamos en la zona más alejada de las luces del parque, un lugar lúgubre y solitario en el que la poca luz que había dejaba distinguir a duras penas los contornos de las figuras, frente a unos grandes y poderosos arbustos que cerraban el camino por completo.

Al ver mi rostro contrariado, Emerik adoptó una expresión tranquila y cariñosa, y me contempló expectante, con una amplia sonrisa en los labios.

— He decidido que hoy era un día perfecto para darte un obsequio—rió cariñosamente—espero que lo disfrutes.

Me cogió ambas manos, envolviéndolas entre las suyas y me llevó con suavidad al otro lado de los arbustos, deteniéndome en el momento justo para evitar que, en la absoluta oscuridad, cayese por la explanada que se tendía a nuestros pies.

Abrí los ojos al máximo y pestañeé varias veces en un intento por reconocer algo entre tanta oscuridad, ya que ni siquiera veía a Emerik, lo percibía ahora como una sombra pétrea a mi lado, sujetándome. Emerik rió divertido ante mi reacción.

— No intentes acostumbrarte a la oscuridad, sólo busca la luz.

Entonces mis ojos advirtieron mil estrellas reluciendo ante mí en el cielo, todas y cada una de ellas tan antiguas como el tiempo, conservando la hermosura de su origen, luciendo con fuerza y poder todo su esplendor.

— Es…

— Lo sé—sonrió—He pensado que sería lo mejor que podía regalarte una noche como hoy. En mis años de soledad, pasé muchas noches observándolas, y cuando te encontré a ti…hallé la similitud perfecta. Tan brillantes, tan hermosas…tan llenas de vida—se volvió hacia mí y apartó con un suave gesto el pelo rebelde de mi rostro mientras me estrechaba contra su cuerpo con ternura—No podría existir sin ti, Achlys.

— ¿Prometes no dejarme nunca…?—pregunté bastante somnolienta en su pecho, sujetándome a él. Sentí en su pecho una risita cristalina.

— ¿Cómo se te pueden ocurrir esas tonterías?—se burló. Luego se tornó serio y añadió—Jamás. Lo juro.

Las lágrimas encharcaron mis ojos cansados y me acurruqué en su pecho, feliz.

— Duerme, mi niña, yo te llevaré a casa…—susurró suavemente a mi oído—descansa…

Me sumergí en un mundo de sombras donde los buenos eran desdichados y los malos eran extraños seres perfectos haciéndose con el poder a nuestro alrededor…

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Acerca de Hellen Cauldron

Escritora y diseñadora gráfica, me encantan las novelas de fantasía, la música y la pintura
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