Extracto

¿Tienes curiosidad por conocer qué se oculta en las sombras? Aquí te muestro un extracto de mi novela Baile de Sombras, ¡que lo disfrutes!

Cabecera Baile de sombras


Cuando me puse la chaqueta, algo dentro del bolsillo me golpeó la pierna. Introduje la mano en el bolsillo y, tras un buen calambrazo, extraje de él la esfera que iba a devolverle  a Jared. Casi la había olvidado. Y ahora incluso parecía brillar con más intensidad. ¿Es que a esta cosa nunca se le acababan las pilas?

Volví a introducirla en mi chaqueta y salí disparada de casa.

“Lo único que voy a hacer”, me recordé a mí misma, “es llevarle la esfera a Jared y comprobar si está bien, sólo eso”.

Las calles estaban vacías, y un suave viento zumbaba entre los edificios, pero al menos no llovía. Eso ya era un verdadero logro. Las nubes negras y compactas formaban una enorme manta sobre el pueblo, y amenazaban lluvia. Mis pisadas retumbaban en los edificios con un eco repetido y ensordecedor, el único que se oía en esos momentos, a parte del pulular del viento y algún que otro coche pasando.

Suspiré ante aquel sentimiento de desamparo. Nunca antes las calles del pueblo se me habían antojado tan frías y distantes. Supuse que se debía a que estaba preocupada por Jared, e intenté restarle importancia.

Seguramente, habría malinterpretado las intenciones de Gabriel. Era imposible que fuese a hacer daño a Jared, a fin de cuentas, no vivíamos en el salvaje oeste, ahora había leyes, policías, penas de cárcel… Y Gabriel no parecía un psicópata de esos, ni un maníaco asesino. Al menos, eso creía.

Las farolas se encendieron a mi paso, y me di cuenta de que ya era de noche.

Decidí tomar un atajo para llegar antes a casa de Jared, a fin de no pasar demasiado tiempo en la calle por si se ponía  a llover de pronto, y me introduje por un callejón mugriento de una calle secundaria.

En el mismo instante en que entré en el callejón, rodeado de edificios antiguos, la oscuridad a mi alrededor se volvió asfixiante. Era tan densa y negra que incluso parecía pesarme sobre los hombros. “Son imaginaciones tuyas”, intenté tranquilizarme “lo que pasa es que aquí hay menos farolas”. Pero pensarlo fue más sencillo que creerlo. Sentía que esa oscuridad no era normal. Noté un cosquilleo en el estómago, y las piernas comenzaron a temblarme a medida que avanzaba por la calle estrecha. Los edificios a  mi alrededor mantenían las luces del interior de los hogares apagadas. Tan sólo eran las diez y media de la noche, supuestamente, la hora de la cena.

Aligeré el paso, a pesar de que las rodillas me temblaban y había comenzado a castañetear los dientes. A mi alrededor, el silencio era absoluto y ensordecedor. El nudo en mi estómago cada vez era más evidente, sentía la necesidad de gritar pidiendo ayuda.

Y no solo eso. Sentía que alguien me observaba. No sabía dónde, ni quién, pero presentía que alguien me llevaba siguiendo un buen rato. Miré ávidamente a ambos lados, y hacia atrás. El callejón estaba completamente vacío. Pero sentía los ojos clavados en mi espalda como cuchillas al rojo vivo.

Comencé a correr. Atravesé el callejón y salí a una calle más amplia, pero igualmente oscura. A penas ocho farolas colocadas simétricamente y a una distancia equivalente iluminaban a medias la negra y húmeda calle. Nunca antes había visto tanta oscuridad en el pueblo.

De improviso, me fijé en una farola a mi lado. La luz que irradiaba parecía estar limitada por algún tipo de fuerza, como si su fulgor no pudiese penetrar más allá de una esfera invisible a su alrededor, colocada allí exclusivamente para contener la luz que emanaba de ella.

Pegué un respingo. Algo me había quemado la pierna a través del pantalón. Me incliné sobre mí misma y observé atónita que la esfera de Jared brillaba a través de la tela del abrigo, y parecía estar ardiendo.  Se veían claramente las dos sustancias de su interior, la negra y la morada, a través de la opaca y gruesa tela del abrigo de invierno. ¿Por qué brillaba tanto?

Pensé en sacarla, pero parecía estar demasiado caliente. Suspiré  y volví a mirar a mi alrededor con avidez. Esos ojos seguían clavados en mi nuca, y cada vez parecían más peligrosos. Pero, nuevamente, la calle estaba vacía.

Mi respiración, cada vez más acelerada, era a penas un susurro, y mi corazón latía fuertemente contra mi pecho. Pero seguí adelante. Me convencí a mí misma de que todo eso no eran más que paranoias mías, y que lo que realmente importaba era asegurarme de que Jared estaba bien.

En ese instante, las farolas a mi alrededor se apagaron con un sonido sordo, primero las más lejanas y finalmente, las que estaban junto a mí. Con los ojos abiertos de par en par, y sin conseguir ver nada, me quedé clavada donde estaba. A penas podía distinguir los contornos de los edificios y de los coches estacionados junto a la acera.

Mientras luchaba por seguir respirando en silencio, mis ojos comenzaron a acostumbrarse a la absoluta oscuridad. Poco a poco, comencé a moverme de nuevo, con pasos cortos.

“No tenía que haber salido de casa, no tenía que haberlo hecho…” me reprochaba a mí misma, convencida de que algo iba a pasar.

De pronto, una luz seca y uniforme, de color morado, comenzó a adueñarse de la calle mágicamente. Aunque era una luz débil, mis ojos agradecieron poder ver algo al fin.

Tragué saliva y continué caminando. La casa de Jared quedaba unas pocas calles más allá.

Un escalofrío recorrió mi espalda cuando noté de nuevo los ojos pegados  a mi espalda, cada vez más poderosos. Me detuve, insegura. Mis ojos recorrieron el espacio a mi alrededor, brillando de miedo.

Y lo vi.

Miles de sombras, aún más oscuras que la propia noche arrastraban sus deformes cuerpos indefinidos por el asfalto de la carretera, se despegaban de las fachadas de los edificios, y lentamente, avanzaban todas hacia mí, generando a su paso un sonido chirriante y grotesco.


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Acerca de Hellen Cauldron

Escritora y diseñadora gráfica, me encantan las novelas de fantasía, la música y la pintura
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