El Alquimista

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Su hogar recordaba a una caverna. La oscuridad inundaba cada resquicio, ocultando sus tesoros. Las llamas de la chimenea bailaban dentro de aquella oscuridad dibujando brillantes serpentinas de fuego en el aire. La humedad era tan intensa en aquel lugar que podía respirarse, e incluso en ocasiones el techo rezumaba gotas de agua creadas en aquella condensación. Hay quien decía que las pesadillas se guarecían en aquella morada durante los días soleados, pues era allí donde habían nacido.
El Alquimista jamás desmintió ninguno de los rumores que corrían por la aldea. De sobra conocía la fama que se le atribuía entre la gente común. Muchos le detestaban. Muchos más le temían. Todos ellos se mantenían alejados de él, más aún de su hogar. Y eso era algo que el Alquimista valoraba sobremanera. Sin distracciones mundanas, sin amistades fingidas, sin interrupciones inoportunas.
Al entrar en su casa le sobrevino el perturbador olor a amoníaco y le recordó aquella incoherente sensación que le solía producir. Pero no le molestaba. Le recordaba que estaba al margen del mundo, que era diferente a todos cuantos habitaban la tierra. Varios murciélagos escaparon por los resquicios de la puerta de madera endeble ante la llegada del Alquimista, como si huyesen del mismo diablo. Él sonrió. Incluso las criaturas de la noche lo temían.
Con pasos lentos se aproximó a su mesa de trabajo, una gran mesa de madera maciza y quejumbrosa que aguantaba a duras penas las insalubres condiciones bajo aquel techo, y depositó sobre ella su maletín negro con pasadores dorados. Era el momento de acabar con todo aquello.
Cientos de frascos cuyo contenido habría espantado al más entendido en elementos naturales se mostraban a un lado de la mesa, perfectamente colocados y etiquetados. Al otro lado una serie de recipientes de diferentes capacidades se entretejían con un intrincado sistema de tubos de cobre. El Alquimista inspiró hondo observando el conjunto antes de acercarse a su maletín y accionar dos botones ocultos que dispararon los pasadores dorados. Con sus finos dedos blancos lo abrió lentamente. En su interior forrado en terciopelo morado había un único frasco, más pequeño que cualquiera que hubiese sobre la mesa. Lo sustrajo con delicadeza y lo observó detenidamente,lk sintiendo cómo su corazón se aceleraba. El último ingrediente.
El pequeño recipiente de cristal parecía vacío. Tan sólo una pequeña gota transparente en el fondo lo ocupaba. El líquido más difícil de conseguir. La lágrima de una madre que ha matado a su primogénito.
Sin esperar más, el Alquimista comenzó. Depositó el frasquito frente a los demás, encendió el fuego bajo una cacerola llena de savia de sauce mezclada con agua limpia de un manantial que nacía en las lejanas montañas del norte, y comenzó a introducir los ingredientes en el orden correspondiente. El ojo de oso, los brotes de belladona, las raíces de ortiga. El líquido comenzó a expandirse y ascender por los tubos, depositándose en el siguiente recipiente y adquiriendo un color ambarino. El zafiro molido, dos hebras de lino, la cucharada de cenizas de cedro. El líquido se condensaba en la parte superior del segundo recipiente y se colaba gota a gota al siguiente tubo, adquiriendo un tono turquesa. Las conchas molidas, arcilla en polvo, pelo de rata.
Cuando hubo terminado de introducir los ingredientes aguardó pacientemente junto al tubo de salida, observando con detenimiento el descenso paulatino de las gotas que se derramaban sobre la bandeja de cristal. Se solidificaba al instante. El Alquimista sostenía férreamente el último ingrediente entre sus manos mientras frente a sus ojos se iba conformando una roca cristalizada y agreste. La piedra Filosofal. Al fin sería suya. La inmortalidad. La invencibilidad.
Tras la caída de la última gota, tomó el extraño artefacto y lo colocó en el suelo, observando embelesado cómo refulgía en la oscuridad. Con extremo cuidado derramó el último ingrediente sobre la piedra, y su brillo aumentó hasta conseguir cegarlo momentáneamente. Y la piedra creció. Multiplicó su tamaño varias veces, moldeándose a sí misma. Una sonrisa se mostró en el rostro huraño del Alquimista y cogió rápidamente la daga de oro, deseoso de completar el ritual.
El brillo se fue apagando lentamente, mostrando su nueva forma. Y, ante la sorpresa del Alquimista, ya no había ninguna piedra. En su lugar, una muchacha desnuda despertaba de su sueño. Sus ojos alcanzaron los de él. Su mirada era sincera, inocente, pura. Su sangre contenía la magia que había buscado durante toda su vida.
Durante un segundo, la daga tembló en la mano del Alquimista.

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Acerca de Hellen Cauldron

Escritora y diseñadora gráfica, me encantan las novelas de fantasía, la música y la pintura
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5 respuestas a El Alquimista

  1. Al principio, al ver la imagen casi me da algo. ¿Un alquimista con un ojo raro? Podría ser fácilmente el alquimista de mi novela.

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